6 min de lectura
Respuesta corta: Las cuentas de instamamis e instapapis no solo cuentan una crianza: también crean una versión pública de la infancia. La metáfora del panóptico ayuda a ver el problema: el niño no sabe quién observa, cuándo ni con qué propósito. La respuesta no es desaparecer de las redes, sino devolverle voz y límites.
En 2025, un estudio encuestó a 73 madres y padres de Asunción, Paraguay. El 72,6 % dijo publicar contenido de sus hijos en redes, mientras el 95,9 % reconoció que esos espacios le preocupaban. Además, el 58,9 % no conocía la palabra sharenting. La muestra es pequeña y no representa a toda América Latina, pero retrata una tensión familiar reconocible: sabemos que existe un riesgo y, aun así, compartir se siente normal.
La pregunta de este artículo no es si una foto familiar está bien o mal. Es otra: ¿qué cambia cuando una infancia se vive también frente a una audiencia?
Del edificio de Bentham al feed familiar
El panóptico proponía una torre central desde la que un inspector podía observar sin que las personas supieran cuándo las miraba. University College London explica que Jeremy Bentham adaptó este principio para distintas instituciones. En este artículo usamos el panóptico como metáfora, no como diagnóstico.

El panóptico permitía observar desde el centro sin revelar cuándo ocurría la vigilancia.
En las redes no existe una sola torre. Hay familiares, seguidores, marcas, desconocidos y sistemas que ordenan lo que vemos. Una foto puede circular fuera del público para el que fue pensada. También puede reaparecer años después, cuando el niño ya entiende su significado y quizá habría preferido mantenerla en casa.
Ahí está la semejanza: la mirada está disponible aunque nadie pueda saber con certeza quién observa. Cuando esa posibilidad acompaña cada cumpleaños, caída, logro o berrinche, la vida familiar adquiere una segunda versión: la que se prepara para ser vista.
Instamamis e instapapis: la crianza como contenido
Las cuentas familiares pueden informar, acompañar y reducir la soledad de criar. El problema empieza cuando el hijo deja de aparecer como una persona y se convierte en un personaje recurrente. UNICEF recuerda que compartir sobre nosotros no equivale a decidir qué se comparte sobre otras personas de la casa, aunque sean nuestros hijos.
La palabra instamami suele cargar más juicio que instapapi. Esa diferencia importa: no queremos convertir esta conversación en otro tribunal contra las madres. Mamás y papás participamos en la misma economía de atención. Publicamos porque queremos celebrar, recordar, encontrar comunidad o explicar lo que vivimos. A veces también porque una audiencia, una colaboración o una métrica premian que la familia siga apareciendo.
Cuando esa exposición produce ingresos, el dilema incorpora trabajo, dinero y poder de decisión. Lo analizamos por separado en nuestro artículo sobre kidfluencers y monetización de la infancia. No toda foto familiar es trabajo infantil ni toda cuenta de crianza explota a sus hijos. Pero una pregunta sigue siendo válida: ¿puede el niño negarse sin convertirse en el responsable de que el contenido —o el ingreso— desaparezca?
La vigilancia también puede venir del cariño
La intención de la mayoría de las familias no es dañar. UNICEF describe el sharenting como aquello que los adultos cuentan sobre sus hijos fuera del círculo familiar y propone involucrarlos en la decisión. El conflicto no nace necesariamente de una mala intención, sino de una decisión que una persona toma sobre la identidad pública de otra.
Un niño puede crecer sabiendo que una cámara también alimenta una historia pública. Puede preguntarse si un momento gracioso terminará en el feed o si una conversación privada se convertirá en anécdota. No afirmamos que esto provoque un daño psicológico inevitable: la evidencia no permite esa conclusión general. Sí cambia quién controla el contexto, la audiencia y la permanencia de un recuerdo.
Por eso el consentimiento no puede reducirse a preguntar “¿puedo subirla?” mientras el teléfono ya está apuntando. La respuesta necesita espacio para ser un no. También necesita repetirse: aceptar una foto hoy no entrega permiso permanente para usarla mañana, recortarla en un anuncio o volverla parte de una campaña.
La voz del niño crece con él
El Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas pide respetar la autonomía, las capacidades y la privacidad que evolucionan con la edad. Un niño pequeño no puede valorar todas las consecuencias de una publicación, pero sí puede mostrar incomodidad, pedir que no lo graben o elegir qué imagen le representa.
Escuchar esa voz no significa trasladarle toda la responsabilidad. Los adultos seguimos a cargo de proteger. Significa reconocer que la imagen, la historia y la reputación también le pertenecen. Nuestra guía sobre derechos digitales de niños y adolescentes desarrolla este principio con más detalle.
Una práctica útil es revisar juntos las publicaciones antiguas cuando el hijo ya puede opinar. UNICEF sugiere incorporar a los niños alrededor de los 9 o 10 años en esa revisión periódica. Antes de esa edad también podemos escuchar un “no”, evitar situaciones íntimas y reservar para la familia aquello que no necesita una audiencia.
Tres preguntas antes de convertir un recuerdo en contenido
Una pausa breve no garantiza seguridad absoluta, pero devuelve intención a una acción que suele ocurrir en automático. Estas tres preguntas reúnen el criterio de UNICEF sobre audiencia, información identificable y posible impacto futuro. También conectan con el marco de crianza digital de Te Dejo El Dato: acompañar antes que vigilar.
¿Para quién es realmente? Si la respuesta es “para la familia”, quizá un álbum privado o un grupo cerrado cumple mejor ese propósito que una publicación abierta.
¿Qué revela además de lo que quiero contar? Revisa uniforme, ubicación, nombre completo, rutinas, datos médicos y otras piezas que juntas pueden identificar al niño.
¿Mi hijo puede decir que no? La pregunta sirve solo si la negativa no trae presión, burla ni consecuencias. Si todavía no puede responder, decide como si pudiera ver la publicación dentro de diez años.
El objetivo no es borrar a los hijos de la historia familiar. Es separar el recuerdo de la obligación de publicarlo. La mejor medida no es cuántas fotos subimos, sino cuánto control conserva el niño sobre la versión pública de su propia vida.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa panóptico digital?
Panóptico digital es una metáfora para describir un entorno donde podemos sentirnos observados sin saber exactamente quién mira ni cuándo. En el sharenting, ayuda a pensar cómo una infancia documentada para redes queda disponible ante audiencias visibles e invisibles. No es un término clínico ni demuestra que toda publicación perjudique al niño.
¿Qué son las instamamis y los instapapis?
Son madres y padres que comparten de forma frecuente su vida familiar en Instagram u otras redes. Algunas cuentas crean comunidad o divulgan información; otras también monetizan. La etiqueta no determina por sí sola si existe explotación. El análisis depende del grado de exposición, la capacidad del niño para negarse y el uso comercial de su imagen.
¿Publicar fotos de mis hijos siempre es sharenting?
El término suele abarcar fotos, videos o historias sobre los hijos compartidos fuera del círculo familiar. Eso no convierte toda publicación en una conducta dañina. Importan la audiencia, la información visible, la intimidad del momento, la permanencia y la participación del niño en la decisión según su edad y capacidad.
¿Cómo puedo compartir sin ignorar su privacidad?
Pregunta antes de publicar cuando pueda opinar, respeta el no, evita datos identificables y usa canales privados cuando el propósito sea familiar. Revisa publicaciones antiguas con él o ella a medida que crece. Ninguna configuración vuelve una publicación totalmente controlable, pero estas decisiones reducen exposición y enseñan consentimiento con el ejemplo.
Si quieres pasar de esta reflexión a decisiones concretas, continúa con nuestra guía práctica de sharenting consciente.
Con cariño y datos,
Mayra y Jorge

