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Un estudio longitudinal siguió a 87 niños entre los 2 años y medio y los 7 años y medio. Encontró tres patrones temporales entre el uso de pantallas para calmarlos y dos funciones ejecutivas. No determinó si las pantallas ayudaban o perjudicaban, ni demostró causalidad. Su aporte más útil es otro: la relación no fue igual para todos.
La escena se repite en restaurantes, salas de espera y viajes largos. Un niño está a punto de desbordarse. Aparece un celular y el llanto se detiene.
La pantalla funcionó en ese momento. La pregunta difícil viene después: ¿qué ocurre cuando este recurso deja de ser excepcional y empieza a formar parte de la rutina?
Una investigación publicada en julio de 2026 intentó acercarse a esa pregunta. No estudió todo el tiempo de pantalla. Analizó la frecuencia con la que los cuidadores usan medios digitales para calmar a un niño.
El estudio no midió si las pantallas son buenas o malas
El artículo publicado por Oxford University Press examinó la relación temporal entre el uso de medios para calmar y dos funciones ejecutivas. La primera, el control inhibitorio, ayuda a frenar una respuesta impulsiva. La segunda, la flexibilidad cognitiva, permite cambiar de regla, estrategia o perspectiva.
Estas capacidades ayudan a esperar un turno, frenar una conducta o cambiar de actividad. El estudio no midió directamente si los niños “aprendieron a regular sus emociones”. Tampoco comparó pantallas con abrazos, movimiento, juego u otras estrategias.
Este matiz cambia la lectura. “Usar una pantalla para calmar” fue la conducta reportada por los padres. Las funciones ejecutivas se evaluaron con dos tareas de la batería cognitiva del NIH. Son variables relacionadas, pero no equivalentes.
Si buscas el panorama general sobre edades, contenidos y duración, nuestra guía de tiempo de pantalla para niños responde otra pregunta. Este artículo se concentra en la función que cumple la pantalla cuando aparece una emoción difícil.
¿Qué observaron en 87 niños?
El equipo utilizó seis mediciones del Project M.E.D.I.A., desde los 2 años y medio hasta los 7 años y medio. El proyecto original reunió a 500 familias. Este análisis incluyó a 87 niños que completaron las evaluaciones necesarias en casa y mostraron variación suficiente.
Los investigadores identificaron tres grupos:
Patrón encontrado | Niños | Qué describía el modelo |
|---|---|---|
Bidireccional | 76 | Las dos variables mostraban una fuerza predictiva moderada en ambas direcciones. |
Mayor fuerza predictiva desde el uso de medios | 6 | El uso de medios mostraba mayor fuerza predictiva hacia las dos funciones ejecutivas. |
Orden temporal divergente | 5 | El patrón cambiaba según se analizara control inhibitorio o flexibilidad cognitiva. |
Ese cambio de porcentaje a personas importa. “El 87,36%” suena enorme; en este estudio significa 76 niños. “El 7%” significa seis. Los grupos pequeños sirven para formular hipótesis, pero todavía no permiten definir perfiles infantiles estables.
La mayoría quedó dentro de un patrón bidireccional. Eso no significa que los investigadores hayan demostrado que las pantallas y las funciones ejecutivas se causan mutuamente. Significa que, dentro del modelo utilizado, cada variable mostraba cierta capacidad para anticipar la otra a lo largo del tiempo.
El detalle estadístico que impide dar un veredicto
El estudio explica que el análisis utilizó valores de R² extraídos de regresiones individuales. El R² expresa cuánta variación de una medida puede asociarse estadísticamente con otra. Pero tiene una limitación decisiva para interpretar este caso: no conserva el signo de la relación.
Imagina dos caminos. En uno, un mayor uso de pantallas para calmar precede a mejores resultados en una prueba. En el otro, precede a peores resultados. Si la fuerza estadística fuera igual, ambos podrían producir un R² parecido.
Por eso el estudio ayuda a examinar qué variable aparece primero y con qué fuerza predictiva. No permite saber si el cambio fue favorable o desfavorable. Los propios autores aclaran que el trabajo no establece causalidad.
La muestra añade otra razón para ser prudentes. Los 87 participantes eran un subconjunto del proyecto original y pertenecían a familias reclutadas en Estados Unidos. Además, los dos grupos menos frecuentes reunían solo cinco y seis niños. Necesitamos estudios más grandes y diversos antes de convertir esos patrones en recomendaciones universales.
La salud mental de los padres también forma parte del contexto
Los síntomas depresivos parentales se asociaron con una mayor probabilidad de pertenecer al grupo de seis casos. También se asociaron con una menor probabilidad de pertenecer al grupo bidireccional. El análisis habla de síntomas medidos mediante una escala, no de culpas ni de una causa demostrada.
Cuidar mientras se atraviesa agotamiento o depresión aumenta la carga de decisiones diarias. Una pantalla responde rápido y puede ofrecer unos minutos de calma. El estudio no demuestra que la depresión parental produzca un resultado cognitivo. Señala un contexto que merece más investigación.
La respuesta no puede ser exigirle más al adulto que ya está sobrecargado. Esa familia necesita más herramientas a su alrededor: apoyo profesional, relevo, espacios de juego y estrategias de calma compartidas.
Eso también es crianza digital: no vigilar cada minuto, sino entender qué lugar ocupa la tecnología dentro de la vida familiar.
¿Qué podemos observar en casa?
El estudio no ofrece una regla sobre cuándo entregar el celular. Sí nos invita a abandonar una pregunta demasiado estrecha. Contar minutos importa, pero también importa para qué usamos esos minutos.
Nuestra lectura práctica —no un resultado probado por este estudio— es observar cuatro elementos:
El contexto. ¿La pantalla aparece en un vuelo de cinco horas o ante cada momento de aburrimiento?
La frecuencia. ¿Es una herramienta ocasional o la respuesta automática frente a cualquier emoción intensa?
La transición. ¿Qué sucede cuando termina el video o el juego? ¿El niño puede pasar a otra actividad con acompañamiento?
Las alternativas. ¿La familia dispone de otras formas de calmar: contacto, movimiento, agua, palabras, música, descanso o un cambio de ambiente?
No hace falta cambiar todas las reglas esta noche. Observa tres usos. Anota qué pasó antes de encender la pantalla, qué ocurrió mientras estaba encendida y cómo terminó la transición.
No estás examinando a tu hijo. Estás mirando la función que cumple la tecnología en ese momento. Esa información ayuda más que decidir desde la culpa.
Las alternativas se practican mejor fuera de la crisis. Nuestro cuaderno Explorando Mis Emociones reúne actividades para que niños de 3 a 8 años reconozcan, nombren y conversen sobre lo que sienten. Es una forma de ampliar el repertorio familiar, no un reemplazo del apoyo profesional cuando hace falta.
Si los conflictos se concentran al apagar, los límites previsibles ayudan a que el cierre no parezca improvisado. Nuestra guía de control parental explica cómo programar límites de tiempo. La herramienta puede anunciar el final; no reemplaza tu acompañamiento.
Preguntas frecuentes
¿Usar pantallas para calmar daña las funciones ejecutivas?
Este estudio no permite afirmarlo. Encontró distintos patrones temporales entre el uso de pantallas para calmar y dos funciones ejecutivas. Su análisis no muestra si las asociaciones fueron favorables o desfavorables. Tampoco demuestra que una variable causara cambios en la otra.
¿Qué significa que la relación fue bidireccional?
Para 76 de los 87 niños, el modelo encontró una fuerza predictiva moderada en las dos direcciones. El uso de medios podía anticipar las funciones ejecutivas. Estas también podían anticipar el uso posterior de medios. “Bidireccional” no equivale a “causal en ambas direcciones”.
¿Entonces está bien usar el celular durante una rabieta?
El estudio no evaluó situaciones aisladas ni permite aprobar o condenar esa decisión. Una pantalla puede resolver una necesidad inmediata. Conviene observar si es un recurso ocasional, cómo termina la transición y si existen otras herramientas disponibles. La función y el contexto cuentan tanto como el reloj.
¿Qué hago si la pantalla es lo único que funciona?
Tómalo como información, no como un fracaso. Añade una alternativa cada vez, practícala cuando el niño esté tranquilo y conserva límites previsibles. Si las emociones son muy intensas, frecuentes o difíciles de acompañar, consulta con un profesional de salud infantil que conozca a tu familia.
El dato para llevarte
Este estudio no absuelve ni condena las pantallas. Muestra algo más honesto: la relación entre usarlas para calmar y el desarrollo de ciertas funciones ejecutivas puede seguir trayectorias diferentes.
Antes de preguntar solamente cuánto tiempo pasó tu hijo frente a una pantalla, observa qué ocurrió antes, qué necesidad resolvió y qué pasó cuando terminó.
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Con cariño y datos,
Mayra y Jorge
Fuente principal: Shawcroft et al. (2026), “Media emotion regulation and executive functions: individual differences in temporal ordering among young children”, publicado en Journal of Communication por Oxford University Press.





