Los padres suelen imaginar que ciertos temas entran en la vida de sus hijos por una conversación directa, por una búsqueda deliberada, por curiosidad. Pero hay cosas que llegan antes, y llegan por otro canal: el feed.
En una investigación basada en una encuesta a 1.008 jóvenes de 18 a 21 años, preguntados por lo que vivieron durante su adolescencia, Save the Children España identifica un patrón: la exposición a este tipo de contenidos no aparece primero como “peligro”, sino como “tendencia”, “link”, “historia”, “broma”, “testimonio de éxito”.
Y cuando el primer encuadre es aspiracional, la vigilancia adulta se desactiva por un motivo sencillo: parece parte de internet, no una puerta de entrada.
Autoexposición, no “autoexplotación”
El lenguaje no es un detalle. Hablar de “autoexplotación” coloca el peso sobre el menor, como si la clave fuera su voluntad o su “decisión”.
Por eso el enfoque del informe trabaja el concepto de autoexposición / sobreexposición: situaciones en las que parece que el propio menor inicia o participa en conductas sexualizadas, pero dentro de un entorno donde existen asimetrías de poder, presión, recompensas y riesgos reales.
Este cambio es fundamental porque mueve la pregunta adulta:
No es “¿por qué lo haría mi hijo?”
Es “¿qué está haciendo el ecosistema digital para que esto parezca normal, fácil y rentable?”
Cómo llega: del feed al link (y del link al “ingreso”)
Una de las claves del fenómeno es que rara vez empieza en “la plataforma”. Empieza antes: en redes sociales, en contenido viral, en mensajes privados, en cultura pop.
Según la investigación, antes de cumplir 18:
51,1% vio enlaces en redes que redirigían a OnlyFans o sitios similares.
34% se topó con publicaciones que ofrecían ganar dinero vendiendo contenido íntimo.
34% recibió mensajes de desconocidos sugiriendo vender contenido íntimo (con diferencias por género).
45,2% vio referencias en series, películas o programas que normalizaban estas prácticas.
Lo más importante no es solo la presencia del contenido, sino la repetición. Entre quienes vieron estos enlaces o referencias, hay una parte que reporta haberlos encontrado muchas veces: 13,1% más de 10 veces y 18,7% entre 6 y 10 veces.
Cuando algo se repite así, deja de ser “un estímulo” y se convierte en aprendizaje cultural.

El dato que cambia todo: “es una forma legítima de generar ingresos”
Aquí está el punto más delicado del informe: no solo se vio, también se normalizó.
El 32,3% opinaba que la autoexposición era “una forma legítima de generar ingresos”.
En el desglose por género, el informe registra que lo consideraban así 37,6% de chicos y 30,8% de chicas.
Y hay otro dato que explica por qué esto se vuelve “real” en la conversación social: 21% dijo conocer a alguien de su entorno que usaba o consideraba usar estas plataformas para generar ingresos (con mayor frecuencia en chicas que en chicos).
No se trata de que “la adolescencia quiera” esto. Se trata de que el mercado logró instalar un marco mental donde la intimidad puede presentarse como un plan económico.
La ilusión de control: “yo decido” en un sistema diseñado para empujar límites
Una trampa común en la narrativa digital es esta: si yo elijo, entonces estoy a salvo.
Pero el riesgo no depende solo de la intención de quien publica. Depende del sistema que rodea esa publicación: quién compra, quién presiona, quién captura, quién redistribuye, quién chantajea.
Por eso el informe también recoge una señal importante: solo 28,4% pensaba que estas prácticas podían ser una forma de explotación.
Cuando la mayoría no lo reconoce como explotación, la prevención llega tarde porque el daño no se nombra.
Riesgos: lo que el relato de “dinero fácil” nunca cuenta
El documento advierte sobre riesgos asociados a estas dinámicas, como captación, chantaje sexual (sextorsión), ciberacoso y difusión no consentida, entre otros.
El punto no es alarmar: es dejar de idealizar. Porque internet tiene una capacidad particular: convertir una vulnerabilidad en producto, sin que parezca violencia en el primer contacto.
A quién se culpa cuando pasa algo
Una parte del problema no está solo en lo que ocurre, sino en lo que se cree que ocurre.
Cuando se preguntó por responsabilidades, el informe recoge que se señaló como responsables a quien compra, a los cuidadores, a la plataforma… y también al propio menor (59,5%).
Ese dato importa porque describe el clima cultural: si una parte relevante de la sociedad cree que el menor “es responsable”, se reduce la presión para exigir cambios reales al ecosistema que facilita y monetiza estas dinámicas.
Qué hacer en casa sin moralina (y sin llegar tarde)
No sirve una conversación basada en miedo, ni una basada en prohibiciones ciegas. Sirve una conversación basada en mecanismos.
Nombrar el anzuelo
“Si ves mensajes que prometen dinero por contenido íntimo, eso no es una oportunidad: es una puerta de riesgo.”Hablar de presión sin culpar
“Si te escriben, si te ofrecen, si te insisten: no estás sola. Lo hablamos.”Acordar un protocolo simple
No responder, bloquear, guardar evidencia si corresponde, y pedir ayuda adulta inmediata.Repetir una idea clave
Que algo se pueda monetizar no lo vuelve seguro, ni justo, ni inevitable.
El dato
En la investigación, 32,3% consideraba la autoexposición como una forma legítima de generar ingresos.
Además, 21% conocía a alguien de su entorno que usaba o consideraba usar estas plataformas para generar ingresos.
Fuente principal (PDF): Save the Children España (noviembre, 2025). Nuevas dinámicas de explotación sexual en el entorno digital. Anexo — Redes que atrapan.







